The Economist: Trump y el dólar

Un pilar fundamental de la estabilidad financiera global está bajo amenaza.

Estados Unidos posee un enorme poder financiero, y puede causar estragos si contrae su suministro de dólares.
Estados Unidos posee un enorme poder financiero, y puede causar estragos si contrae su suministro de dólares.

El “trumpismo” es, en parte, la expresión del hartazgo de Estados Unidos por sobrellevar cargas que asumió hace 70 años. Una de ellas es el rol del dólar como estándar monetario mundial. El billete verde es uno de los pilares más vulnerables de la estabilidad global, y el mundo no está preparado para que abandone su rol en las finanzas internacionales.

A diferencia de otros aspectos de la hegemonía estadounidense, la relevancia del dólar ha aumentado con la globalización. Bajo el sistema de Bretton Woods, diseñado para el mundo de posguerra, las economías occidentales fijaron sus tipos de cambio al dólar, cuyo valor fue a su vez fijado al precio del oro. Tras la fractura de este sistema debido a las presiones inflacionarias de los años 70, el dólar incrementó su influencia.

En los 80 y 90, la apertura de las economías elevó los flujos de capitales y los gobiernos comenzaron a buscar estabilidad cambiaria mediante el manejo del tipo de cambio a través de la acumulación de reservas internacionales, que en buena parte constituyen activos denominados en dólares. Por ello, a los gobiernos les preocupan más las fluctuaciones del dólar que las de otras divisas.

Además, el comercio se realiza con frecuencia en dólares y las empresas y gobiernos tienen deudas en esa moneda por unos US$ 10 millones de millones. En suma, el dólar sigue siendo la principal divisa “ancla” para limitar la volatilidad.

Como resultado, Estados Unidos posee un enorme poder financiero, y puede causar estragos si contrae su suministro de dólares. Cuando la Reserva Federal (Fed) modifica su política monetaria, los efectos se sienten a nivel global. Hélène Rey, de la Escuela de Negocios de Londres, señala que muchas economías han perdido el control de sus propias políticas monetarias debido al efecto de las medidas de la Fed sobre el apetito global por el riesgo.

El retorno que recibe Estados Unidos sobre sus activos foráneos es más alto que el que los inversionistas foráneos ganan sobre sus activos estadounidenses —los gobiernos poseen miles de millones de reservas en activos en dólares, pero que ofrecen retornos bajos, como los bonos del Tesoro—. Ese flujo de inversión hace posible que Estados Unidos pueda tener persistentes déficits en cuenta corriente.

Esto se ha convertido en un privilegio que Estados Unidos parece ansioso por desechar. Si bien tener una moneda sobrevaluada y déficits comerciales no preocupa a sus consumidores, sí es doloroso para sus productores. En las últimas dos décadas, las importaciones han crecido más que las exportaciones y los nuevos empleos en sectores exportadores no han logrado absorber a los trabajadores desplazados por la creciente competencia extranjera.

Este privilegio también profundiza las desigualdades, pues las pérdidas de empleos afectan a los trabajadores mientras que las inversiones voluminosas benefician a los estadounidenses con grandes portafolios. En vista que los ricos están menos inclinados a gastar un dólar extra que los trabajadores, este viraje en recursos debilita la demanda interna y, por ende, el crecimiento económico.

A esto se suman los dolores de cabeza generados por las bajas tasas de interés en dólares. Algunos economistas estiman que esto refleja que el apetito global sobrepasa la oferta de activos seguros que Estados Unidos provee —bonos gubernamentales—. A medida que los precios de estos bonos aumentan, sus tasas se reducen a casi cero, lo cual deja a los bancos centrales con menos margen para estimular sus economías.

Una solución benigna parece obvia: el dólar debiera compartir su rol con otras divisas. Pero uno de los candidatos, el yuan, está impedido de hacerlo por las restricciones existentes en los mercados financieros chinos; aparte que una mayor dependencia en China no es una opción atractiva para gobiernos que buscan reducir su exposición a regímenes autoritarios y adversos a la transparencia.

La otra alternativa es el euro, pero su rol está restringido por un riesgo político existencial y la escasez de bonos seguros en esa moneda. Además, las grandes economías tienen mucho que perder si la hegemonía monetaria estadounidense llegase a su fin: por ejemplo, sus políticamente convenientes superávits comerciales y sus enormes tenencias de activos en dólares.

La historia sugiere dos maneras en las que Donald Trump podría minar el rol del dólar. Bretton Woods se desarmó debido a un fallo fatal: los gobiernos estaban desesperados por obtener dólares pero al emitir más, Estados Unidos exportó su inflación, haciendo insostenible la fijación del valor de su divisa al oro.

De manera similar, si Trump reduce los impuestos e incrementa el gasto, y esto genera mayores déficits fiscales e inflación, los activos estadounidenses podrían perder su lustre. Sería una vuelta a los años 70: Estados Unidos tendría precios y tasas de interés al alza, pero se habría librado de su de­sorbitante carga.

Otra opción es que el dólar siga la ruta que tomó el patrón oro en el periodo de entreguerras. Ese sistema colapsó en medio de la ruptura de la colaboración internacional, pues las economías no competitivas elevaron sus aranceles y luego se retiraron del sistema mediante la implementación de controles de capitales. Sería trágico que se olviden las lecciones de la historia y tengan que aprenderse nuevamente.

Traducido para Gestión por Antonio Yonz Martínez
_© The Economist Newspaper Ltd,
London, 2017_

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