Es hora de que Brasil afile sus habilidades diplomáticas

El presidente interino Michel Temer, una figura poco querida, deberá hacer frente tanto a las consecuencias del escándalo de corrupción del país como a una depresión económica sin precedentes.

(Bloomberg) Luego de que meses de protestas y revuelta política llevaran al parlamento brasileño a suspender a la presidenta Dilma Rousseff y someterla a juicio político, es prematuro decir cómo le irá al gobierno interino que la ha reemplazado.

El presidente interino Michel Temer, una figura poco querida, deberá hacer frente tanto a las consecuencias del escándalo de corrupción del país como a una depresión económica sin precedentes. Algo alentador, sin embargo, es que al nuevo gobierno parece habérsele acabado la paciencia con la política exterior tendenciosa e ineficiente de Brasil.

A partir del 13 de mayo, el nuevo ministro de Relaciones Exteriores, José Serra, ha emitido una serie de fuertes respuestas a algunos de los vecinos de Brasil, que se apresuraron a condenar la salida de Rousseff y a calificarla de “golpe parlamentario” y de amenaza a la democracia en el hemisferio.

El presidente venezolano Nicolás Maduro llamó a su embajador y el cubano Raúl Castro aseguró que haría lobby en la comunidad diplomática para rescatar la democracia brasileña en peligro. ¿Quién dice que las autocracias en decadencia no tienen sentido de la ironía? Los gobiernos izquierdistas de Bolivia, Cuba, Ecuador, El Salvador y Nicaragua han abrazado la causa. Ninguno de esos gobiernos ha reconocido a Temer como presidente constitucional de Brasil.

La nueva política exterior

La respuesta de Serra fue breve e inequívoca. Repudió los intentos de “propagar falsedades sobre los asuntos internos de Brasil” y sostuvo que el proceso de juicio político a Rousseff se desarrollaba “en un contexto de completo respeto por las instituciones democráticas y la Constitución”.

En términos más generales, Serra aclaró en un discurso del miércoles que “la nueva política exterior” del país se guiaría por los intereses nacionales, ya no por los de un gobierno en particular “y nunca por un partido (político)”.

El apoyo de gobernantes latinoamericanos no constituyó una sorpresa. Durante los últimos 14 años –primero en la gestión del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y luego con su sucesora, Rousseff- el Partido de los Trabajadores gobernante se había esforzado por debilitar el poder de Washington en el resto de las Américas. Cortejar a países de ideología similar en el mundo en vías de desarrollo resultaba crucial para impulsar la búsqueda de categoría global de Brasil.

Entre 2003 y 2011, Brasil duplicó la cantidad de embajadas en África, que pasaron de 17 a 37. En el plano local, Lula nunca adoptó el tipo de populismo caótico de Hugo Chávez, pero aceptó la idea del líder venezolano de extender una presunta revolución bolivariana como un “socialismo del siglo XXI” en todo el hemisferio y hasta grabó avisos de campaña para Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro.

Lo que estaba en juego era el intento de Brasil de convertirse en el país latinoamericano de referencia y obtener un puesto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Las potencias mundiales objetaron. Lo que pasó fue que el cuerpo diplomático más respetado de América Latina quedó inmerso en una agenda partidaria.

Pérdida de relevancia

El guiño a los países en vías de desarrollo de América Latina y otros continentes genera buenos discursos, pero también poco avance en integración regional y desarrollo económico y comercial, “Brasil invirtió mucho en países de escasa relevancia en el mundo, y en el proceso perdió la suya”, dijo el diplomático retirado Luiz Augusto Castro Neves, que se desempeñó como embajador de su país en China y Japón.

Como resultado de ese vuelco hacia adentro, la unión comercial sudamericana, el Mercosur, ha tenido un mal desempeño, mientras que una instancia diplomática regional, la Unasur, se ha convertido en un grupo de debate bolivariano que tiene muy pocas facultades para resolver crisis o promover la unidad hemisférica.

“Brasil quiere que el resto del mundo escuche, ¿pero qué queremos decir?” señaló Castro Neves. “Para ser un integrante más fuerte de un sistema global, Brasil tiene que mirar hacia afuera, abrir la economía”.

Al igual que Castro Neves, muchos analistas se remontan a una época en que hábiles diplomáticos contribuyeron a que un país emergente ascendiera. A principios del siglo XX, cuando la mayor parte de América Latina seguía bajo la influencia imperial británica en decadencia, el ministro de Relaciones Exteriores José Maria da Silva Paranhos, el Barón de Río Branco, se dedicó a cortejar a los Estados Unidos y vio luego como la fortuna de Brasil crecía junto con la de la superpotencia mundial en ascenso.

Luego estuvo el diplomático brasileño Oswaldo Aranha, que combatió a los poderosos militares de fines de la década de 1930 y convenció al dictador Getúlio Vargas de poner fin al flirteo de Brasil con el fascismo y apoyar la causa de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Ambos fueron ejemplos de cómo un país de recursos modestos pudo entender los asuntos mundiales y aprovecharlos en su beneficio. Tal vez sea demasiado pedir que un gobierno interino rescate esa tradición. Pero un nuevo ministro de Relaciones Exteriores brasileño ya ha dado en el clavo: cortejar a autócratas en decadencia no es el camino.

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la comisión editorial, la de Bloomberg LP ni la de sus propietarios.

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